Mostrando entradas con la etiqueta Calidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Calidad. Mostrar todas las entradas

Sello de autenticidad en la marea digital

En medio del flujo incesante de información que circula por las redes, el valor añadido del periodismo ha de ser la exigente disciplina de verificación. Lo audiovisual -con su fuerza de atracción y su poderoso impacto- puede provocar bandazos significativos hacia la desinformación: una imagen nos puede hacer creer que el decorado azul es rojo. Son muy valiosos en este sentido los esfuerzos del periodismo por verificar los contenidos audiovisuales que circulan por la red antes de presentarlos en un medio tradicional como válidos. No hay que olvidar que la marca pone el sello de autenticidad, garantiza institucionalmente el contenido publicado. La BBC aportó ya hace unos meses una sencilla y clara lista de consejos para determinar la veracidad de vídeos y fotografías. En primer lugar animaba a hablar con la fuente original del material, pues esto va a hacer que el periodista forme rápidamente un sentimiento instintivo acerca de si la persona está diciendo o no la verdad. La BBC reconoce que, en ocasiones, puede que no sea posible o incluso que no resulte conveniente hablar con un activista cuya vida estará en peligro si le identifican. Pero guardar las cautelas necesarias no debe convertirse en una renuncia inmediata a este principio. Los consejos de la BBC son prudentes pero alientan a aprovechar unas fuentes que, muchas veces, acercan la realidad lejana y escondida al periodista: aconseja la BBC que si el material parece demasiado bueno para ser verdad, conviene ser escéptico, pero manteniendo la mente abierta. Otro consejo valioso: utilizar a expertos locales, cuyo conocimiento de las ciudades puede ser determinante para asesorar si las imágenes y videos muestran el lugar pretendido. La tecnología también puede ayudar: herramientas universales como Google Earth (para confirmar que las características de la supuesta ubicación que la foto) y TinEye enormemente útiles en este punto. En definitiva, lo de siempre en tiempos distintos: esfuerzos prácticos para reconquistar la credibilidad.

Cada mochuelo a su olivo

De la reunión de los directivos de los cinco medios protagonistas del affaire Wikileaks, destacaría un asunto. Lo que cuenta Georg Mascolo (Der Spiegel). Es interesante que su edición escrita tiene periodicidad semanal. Esto es un cambio de perspectiva: la adaptación al on-line de un semanario. El resto de los participantes son diarios. Según cuenta, su fundador siempre soñó con tener un diario. Con internet lo tiene: sueño cumplido. Pero no se canibaliza. Huye de la convergencia redaccional: cada mochuelo a su olivo. La redacción de información diaria, a la web. Para la edición impresa, otros periodistas, dirigidos de otro modo, viendo la actualidad con otra perspectiva: tempus mediático diverso, estrategia de cobertura diferente, soporte distinto, escrito para una inteligencia de imprenta más serena y reposada, de sillón de orejas. Interesante planteamiento de la adaptación on-line: ¿y si El País o El Mundo solo apareciesen impresos los viernes tarde y dejaran lo diario a la permanente actualización del soporte digital?

Análisis a vuelapluma

Coincido con algunos otros analistas de la prensa en alabar la portada del diario Deia, al comentar el comunicado de ETA de esta semana. Es claro, es sugerente e innovador. Y sobre todo mueve a la racionalidad del lector a través de un golpe de vista. De veras que es lo que yo buscaba, cuando vi aparecer la nueva -tan prevista por otro lado- en los demás diarios: buscaba qué le decía aquel comunicado a un experto que sobre el posa su mirada. De momento, una primera impresión, los elementos de conflicto, las intenciones torcidas escondidas tras el texto, las aclaraciones necesarias, las consecuencias, los precedentes. En un simple vistazo. A vuelapluma.

Alfabetización en noticias

Entrevistan hoy en El País a William Baker, acreditado experto en medios. Y me quedo con dos conceptos. Obvios, pero interesantes para la reflexión. Critica la actual información televisiva: "Muchos debates y gente gritándose, programas muy caldeados que aportan poca luz. No es periodismo, pero resulta mucho más barato que mandar a un periodista a investigar". No es periodismo, pero su rentabilidad y facilonería arrastra al periodista. Es lo que el ex reportero del Washington Post Paul Taylor, llamó "periodismo de refugio" en su libro de 1990 "See how they run": ante las prisas se busca este refugio que, además de éxito comercial, tiene una apariencia de objetividad.
El segundo concepto a resaltar es el de "alfabetización en noticias", urgente tarea en el escenario de la sobreabundancia informativa: "es fundamental enseñar a los jóvenes a distinguir entre el buen y el mal periodismo para que tengan capacidad crítica". Pienso que se trata de un concepto paralelo a la educación de la atención al que se refirió en su día Hanah Arendt. Intelectualmente es más exigente que el periodismo de refugio, para el periodista y para una audiencia que también busca sus refugios. Por eso el infoentretenimiento es tan devastador para la "alfabetización en noticias". Se quiera o no, no es lo mismo ir a la escuela que al parque de atracciones.

Objetividad y periodismo de declaraciones

Al leer estos días, en distintos diarios, las batallas dialécticas en torno a la crisis económica, me venían a la cabeza las palabras de Kovach y Rosenstiel en su libro "The elements of journalism": “Los periodistas que seleccionan fuentes para que expresen lo que en realidad no es más que su propio punto de vista y a continuación utilizan esa voz neutral para darle visos de objetividad están inmersos en una forma de engaño. Eso daña la credibilidad de toda la profesión y la hace parecer deshonesta, arbitraria, carente de principios, lo cual constituye una formidable advertencia en una época en que los principios básicos de la prensa se ponen tanto en duda” (2001: 104). No son solo ellos. Son muchos los analistas que se han referido a las nefandas consecuencias desinformativas de semejante subterfugio.
No pocas veces los académicos que se han detenido a analizarla, han agrupado bajo la denominación “periodismo de declaraciones” todo este tipo de licencias. Con ese modo de actuar, desde luego que el periodista no toma partido: se limita a exponer las opiniones, a dar taquigráfica cuenta de la visión de otros, sin incorporar valor añadido alguno en forma de verificación. Y esto por una equivocada comprensión de la objetividad según la cual cualquier cesión a la intervención personal del periodista habría de ser considerada manipuladora. Es así como el periodismo de declaraciones parece convertirse en la mejor forma de evitar visiones parciales de los sucesos acontecidos: es permitir a la audiencia oir sonar las dos campanas recogiendo las declaraciones textuales de quiénes opinan de una manera y de los que opinan de modo diverso. Sin embargo, sus críticos alertan de los efectos distorsionadores de semejante práctica. Gabriel Galdón, por ejemplo, dijo ya hace años que “cuando existe una controversia entre los expertos, el criterio objetivista de recoger todas las opiniones, hacen que se metan en el mismo saco las insustanciales y las que tienen un fundamento sólido, sin dar al lector los medios para valorarlas. Se hurtan los aspectos sustantivos y se convierte en noticia la polémica misma” (GALDÓN G. Desinformación. Métodos, aspectos y soluciones, Pamplona, 1994: 38).
La manera de desequilibrar la balanza es simple e imita a la praxis parlamentaria: la última palabra corresponde siempre al partido mayoritario. Y como dice Arcadi Espada, "cuando el periodismo incorpora a su trabajo semejante mecanismo destroza el fundamento de su lugar en el mundo (la mediación) y privilegia la persuación frente a la verdad" (ESPADA, A. Periodismo práctico, Madrid 2008: 126). Por mi parte, solo cambiaría la palabra "mediación" por el compuesto disciplina de verificación. En este caso, aplicado al contenido de las declaraciones.

Un escenario creativo

En el informe sobre la prensa americana que publicaba en su último número de 2009 Columbia Journalism Review, se anunciaba un futuro orientado hacia la información local y a la especialización. El camino que marcan es interesante. “Cuando los periódicos reducen drásticamente su personal para reducir costos y sobrevivir, puede menoscabarse también el valor de las informaciones para sus lectores y para las comunidades a las que sirven”. Luego constatan que “con la crisis se degüella a miles de periodistas capacitados, que quedan disponibles para iniciar nuevos tipos de organizaciones locales”. Esto prepara, siempre para CJR, un escenario esencialmente creativo de grupos valiosos pero más reducidos que tratarán de hacer “muchas cosas a la vez: publicar en forma impresa y digital, buscar nuevas formas de atraer al público y a los anunciantes, inventar nuevos productos y fuentes de ingresos, y encontrar socios para ayudarles a producir noticias de alta calidad a menor costo”.
Semejante diagnóstico es todo un desafío para las universidades de Periodismo, sobre todo para las que próximamente afrontan la nueva era de Bolonia. Reclama una formación más interdisciplinar, la promoción de actitudes esencialmente emprendedoras y una profundización enérgica en el carácter de servicio al ciudadano –interés público que no interés del público- que es esencial al Periodismo.

Una y no más

Esta mañana he leído en El Mundo los dolorosos últimos datos sobre las consecuencias que, el monumental gaffe conjunto de policías, médicos y periodistas, está teniendo en la persona y la familia de Diego P.V. ¿En qué ha fallado el Periodismo? Caso complejo, porque las fuentes médicas en este caso parecían solventes.
En un listado de preguntas que hace ya años elaboró David Yarnold, entonces director ejecutivo del San José Mercury News, y que algunos de sus editores pegaron sobre sus ordenadores, para asegurar la disciplina de verificación periodística, se incluía una premisa que me parece que en este caso no se ha valorado suficientemente: ¿se ha identificado a todos los protagonistas de la historia? ¿Nos hemos puesto en contacto con ellos? ¿Se les ha dado a todos la oportunidad de hablar?. Puede que me equivoque, pero este paso hubiese quizá evitado condenas mediáticas precipitadas e introducido a los periodistas en una saludable filosofía de la sospecha alentadora de más incisivas verificaciones.
Ahora hay que pedir disculpas, con todos los medios, para aliviar el daño causado. Pero sobre todo aprender de tan lastimosa lección. Ya en 1997, Dorothy Nelkin, profesora de la neoyorquina Universidad de Cornell hablaba del indebido "prejuicio de admiración" de la prensa hacia la ciencia. A la ciencia, decía, se le mira como algo divino y al científico -el médico en este caso- como una autoridad per se. Pues a veces, como se ve, no lo son, y al periodista toca verificarlo.

Una muestra del valor añadido periodístico

Hace unos días leí una noticia sobre la que vengo pensando estos días. La mañana del pasado 16 de noviembre, un servicio inspirado en twitter de la agencia pública de noticias belga difundía el siguiente mensaje: "La reina Fabiola acaba de fallecer. Ha muerto al saber del divorcio de los príncipes Laurent y Claire". Periodismo ciudadano dixit, sin los necesarios cortafuegos, pues llegaba precedida del distintivo Belga/ Ihavenews. be.
Pero lo más interesante viene después: no consta que ningún medio picara y la difundiera como cierta.
Si el periodismo trabaja con esta disciplina de verificación ante las muchas veces beneficiosa participación ciudadana, entonces vamos bien. Estará respondiendo eficazmente a la que John Lawton llamó "gran paradoja de la era de la información", su capacidad de conceder una nueva respetabilidad a la opinión desinformada.

Dificultades, todas.

Breve, sincero pero inquebrantable ha sido el anuncio de Murdoch: la denostada puesta en escena del cobro por contenidos informativos tendrá que esperar. Tras reconocer que las dificultades son todas no duda de que este sea el camino a seguir. Su perro de presa, el insigne director de The Wall Street Journal Robert Thomson, dibujaba con firmes rasgos su convicción en la conferencia del pasado 4 de noviembre con ocasión del aniversario de El Mundo: "Los periodistas tienen un papel importante, y cada vez más, y la profesión es excesivamente imprudente al menospreciar sus aportaciones y excesivamente proclive a hacerlo".
Thomson tiene claro que la información periodística hace ahora más falta que nunca. Como en economía hay crisis cuando no hay recursos, pero hay otras crisis derivadas de la abundancia. Cuando había poca información , los periodistas se hicieron un sitio y supieron proporcionarla, venciendo unas veces las dificultades técnicas y otras los intereses de la censura. Ahora que el escenario es de abundancia la plusvalía se llama gestión y selección cualificada de fuentes, creación de contexto, disciplina de verificación... y lograr así que la etiqueta de "periodistica" colgada de la información brille cada vez más.

Fuentes periodísticas en la era internet

Para la gestión de fuentes es crucial adaptarse profesionalmente a las posibilidades despertadas en este ámbito por la tecnología digital. Transparencia, fácil acceso y fluidez de intercambio: tesoros escondidos en ese correcto acomodo. Y un error funesto para la independencia, para la veracidad: que el periodista se convierta en simple corréa de transmisión. Vuelve a avisar de la emergencia el libro “El periodismo en la era internet”, coordinado por María Pilar Diezhandino, que no es un simple ensayo valorativo sino un análisis diagnóstico de la realidad: “Otro rasgo característico de la actual práctica informativa es el abandono paulatino del trabajo con fuentes propias. Fuentes directas, justificadas, atenidas al tema, en número suficiente para contar bien la historia y expresamente mencionadas, en justa correspondencia con la necesaria credibilidad que el periodismo requiere”. Brillante descripción de lo que es y de lo que debería ser el trabajo del periodista con sus fuentes.

Objetividad y/o transparencia

Me ha parecido sugerente la clarividencia con la que Paul Bradshaw explica en Online Journalism Blog la relación entre objetividad y transparencia, y cómo el funcionamiento de los nuevos medios puede reforzar la primera apoyándose en la segunda.
“Imagina que eres un periodista en prácticas que ha crecido en el mundo Web 2.0: un miembro de un sin número de grupos de Facebook, firmante de un docena de encuestas on-line, con imágenes de protestas y manifestaciones colgadas en las galerías de Flickr (…)”. Tú perfil “no sólo habla de tu sexo, origen étnico, religión, estado civil (…)”. Bradshaw se atreve entonces con una pregunta retórica: “¿Puede una oferta de trabajo en el Washington Post, hacerte cortar todos los lazos con tu vida anterior y borrar todos los registros de tu existencia previa como requisito para unirte a la reclusión monástica de la objetividad periodística?”.
Efectivamente, “los periodistas tienen opiniones. Y amigos. Y se basan en fuentes de fácil acceso”. Pero al lector, para encuadrar lo que lee, le puede valer si el periodista autor da la cara, si es transparente acerca de sus afinidades, en un universo tan pluralista como el actual.
No obstante es importante asumir que no hablamos de lo mismo. Verdad periodística y objetividad de método confluyen no tanto en la simple transparencia como en la llamada disciplina de verificación que esta ha de reflejar, una ascesis del profesional del periodismo que lo eleva por encima de la multiplicidad de comunicadores.Como David Weinberger argumenta en una cita de este mismo artículo, la "transparencia subsume la objetividad: cualquier persona que afirme la objetividad debe estar dispuestos a respaldar esta afirmación y dejarnos ver las fuentes, los desacuerdos y los supuestos y valores personales”. A esto la tecnología digital puede contribuir de manera relevante.

Inteligencia de imprenta

Si finalmente hay un sólido consenso para terminar con la gratuidad de los contenidos periodísticos en la red, uno de los caminos de retorno es la vuelta al papel de algunas ediciones digitales. Lo ha hecho Bakchich Hebdo, un semanal satírico francés, como en su día lo hizo el norteamericano The Politico.
Se trata de dos conceptos de información política bien diversos: la sátira con cierto tono clandestino por el lado francés; y el análisis en profundidad a cargo del medio distribuido en las praderas del Capitolio. Veremos como resulta, pero conviene enlazar ambos conceptos con lo que Neil Postman decía en su libro "Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del show business" (Barcelona: Ediciones de la Tempestad, 2001; 195 pp). Allí se emplea el término "inteligencia de imprenta", que podríamos enfrentar a la que llamaríamos "inteligencia digital". En la primera, que será la adecuada si se contagia el retorno al papel que inician estos medios, "se requiere permanecer más o menos inmovil por un tiempo relativamente largo", relegar "la atención a la forma de las letras, a fin de ir directamente al significado de las palabras que forman", sostener una cierta "inmunidad a la elocuencia", ser "capaz de distinguir entre el placer sensual, el encanto o el tono insultante de las palabras y la actitud del autor hacia el tema y el lector", y valorar la diferencia entre "una broma y un argumento". Una actitud distinta de la hiperactividad e indisciplina de la segunda inteligencia, la digital.
Si esto es así, en el futuro de publicaciones impresas como The Político hay más claros que nubes. Mientras que para Bakchich Hebdo, el panorama es de chubascos.

Cuarto poder, periodistas o periódicos

Vuelvo a pensar hoy sobre las anotaciones que Pedro J. Ramírez hacía en una de sus recientes “Cartas del director”. Discurría al hilo de las intervenciones que, en el senado norteamericano, tratan de aportar luz a la crisis del periodismo. Y en concreto, argumentaba en torno a unas palabras de Marissa Mayer, directiva de Google Corporation, que afirmaba no dudar de la pronta llegada del día en que la “unidad atómica de consumo informativo deje de ser el periódico”.
El director de El Mundo, concluía que, de ser así, “las posibilidades de acceder a los papeles del Pentágono, de descubrir el GAL o el Watergate o de investigar el 11-M habrán disminuido dramáticamente”. Esgrime, sobre todo, una doble razón: la necesidad del trabajo en equipo y la conveniencia del paraguas institucional de la empresa para llevar adelante, paso a paso, semejantes proezas periodísticas.
Arianna Huffington rebatía hace poco, con los hechos y los dichos, la opinión de Pedro J., al crear el HufFund y sostener ante el senado que el futuro financiero del periodismo está, entre otras muchas cosas, en la extensión de los fondos para el periodismo de investigación aportados por fundaciones sin ánimo de lucro.
Por un lado, el periodista autónomo así concebido por la Huffington ganaría presúntamente en independencia con respecto a una empresa y su presumible cariz ideológico. Esto podría facilitar que la investigación se moviera en las límpidas aguas de los criterios profesionales.
Pero también es cierto que la cobertura institucional de una marca de prestigio ampara, sostiene y agiliza el acceso a fuentes cualificadas; diversifica el ingente trabajo de las grandes acometidas (véanse la antes mencionadas); y multiplica las perspectivas y las siempre necesarias preguntas críticas que dinamizan toda investigación.

Cimientos y atalayas

Acabo de leer un interesante perfil del diario "The New York Times" que este fin de semana publicaban varios periódicos. La autora, Mercedes Gallego. Llaman la atención dos o tres cosas. La primera, unas palabras de su director adjunto, Richard L. Berke: “un reportero nuestro puede pasar un mes o un año trabajando en un tema”. Increíble y revolucionario trasunto en la era del doble click. Lo segundo, el comentario de la periodista que, al oírlo, reconoce que “a esta corresponsal le rechinan los dientes de pura envidia”. ¿Y a los lectores? Quizá también ansíen informaciones así elaboradas, sopesadas, verificadas.
Otra perla del reportaje: el diario cuenta con nada menos que 26 corresponsalías en el extranjero y, según comenta la autora, “sus titulares pueden contentarse con publicar una vez al mes”. Lógica consecuencia de lo anterior. Competitividad interna que, pudiendo ser origen de desvaríos éticos estilo Jayson Blair, también puede generar cualificación profesional y completas visiones del mundo.
Y permítaseme un tercer subrayado para hablar de la “Sala de invenciones”, en la última planta del edificio del periódico. Su habitante, el típico chaval bohemio con gafas de concha, que –como dice la Gallego- “juega con aparatos electrónicos, tratando de adelantarse al futuro”. Su misión se completa con educar a sus compañeros y jefes en la próxima generación digital. Es la atenta y especializada mirada adelante. Necesaria atalaya no menos relevante que las plantas inferiores, basilares cimientos de un periodismo cambiante.

Buscando el valor real del periodismo

En un reciente artículo que publicaba en Christian Science Monitor, Robert G. Picard, profesor de Economía de los Medios de la Universidad Jönköping de Suecia e investigador visitante del Instituto de Reuters en la Universidad de Oxford, alentaba a los periodistas a justificarse a sí mismos y a su profesión, a replantearse las estrategias porque, entre otras cosas, la actual apuesta está matando financieramente a la prensa y dañando el concepto de periodismo.
¿Cuál es el valor del periodismo?, se preguntaba Picard. Porque la gente paga por las cosas que tienen valor y si no lo encuentra, se va a otra tienda.
Picard distingue teóricamente entre valor instrumental y valor intrínseco (las cosas que son buenas en sí mismas, como la belleza, la verdad y la armonía). Y afirma, con razón, que el propio del periodismo es el primero de ellos, el instrumental: es importante no en sí mismo, sino en la medida en que ilumina al público, apoya la interacción social, y facilita la democracia.
“Para comprender la creación de valor periodístico, tenemos que centrarnos en los beneficios que proporciona”, sostenía Picard, y esos son, para los consumidores, de tres tipos: funcionales (prestación de información útil y de ideas valiosas), emocionales (sentido de pertenencia y comunidad, tranquilidad y seguridad, escapismo), y autoexpresivos (los individuos se identifican con la publicación de las perspectivas y opiniones de un medio, o cuando se les facilita expresar sus propias ideas).
El problema es cuando estos valores instrumentales periodísticos no generan valor económico, porque la competencia no periodística (on-line, sobre todo) los ofrece gratis.
Interesante la salida que plantea el autor para que los periodistas se reivindiquen a sí mismos: “Los periodistas no son profesionales con una única base de conocimientos, como la que tienen electricistas o profesores. En consecuencia, el principal valor económico del periodismo no deriva de su propio conocimiento, sino de la distribución de los conocimientos de los demás”. En este proceso su valor distintivo dependerá de tres habilidades: acceso cualificado a las fuentes, determinación del significado de la información, y transmisión eficaz de dicha información.
La tecnología parece suponer una seria amenaza a dicha distinción. Y lo es desde luego a su exclusividad, pues ofrece la posibilidad de la generación de noticias a un sinfin de productores no profesionales. Pero no debe serlo para su cualificación, siempre y cuando los periodistas no caigan en las actitudes acomodaticias de las que habla Picard en su artículo.
Digna de seguimiento en esta línea, la encuesta a usuarios que a tal efecto -seguir la aplicación práctica de las tesis de Picard- ha iniciado Columbia Journalism Review.

Fondos por calidad

Oportuna iniciativa la de Arianna Huffington con la reciente creación del Huff Fund, un fondo para el periodismo de investigación que financiará una técnica profesional especialmente amenazada por la recesión económica y los recortes en muchas redacciones. “Durante demasiado tiempo –se queja la Huffington-, ya se tratase de la guerra de Irak o de la crisis económica, hemos tenido demasiadas autopsias y no suficientes biopsias”. El fondo se convierte así en una zanahoria enjundiosa para dinamizar una práctica de indudable valía, pero que, según el recientemente publicado informe del Project for Excellence in Journalism, ha perdido fuelle, en particular en la última campaña presidencial norteamericana.
La que ya algunos llaman Reina del Blog afirma que esta iniciativa busca, entre otras cosas, “ofrecer nuevas oportunidades a periodistas con experiencia que han sido licenciados u obligados a una jubilación anticipada”. Y no distingue de medios: la investigación para acceder al fondo requiere, por encima de todo, calidad periodística. Luego, “en el espíritu abierto de la web, todos los contenidos producidos estarán a disposición de quien quiera publicarlos”. En definitiva, un nuevo y muy pertinente experimento financiado por actores non profit para mantener viva y mostrar el enérgico servicio público que puede prestar el periodismo de investigación.
La inciativa va muy en la línea de lo que proponía un reciente e interesante artículo de Charles Lewis en Columbia Journalism Review, cuando afirmaba que tanto el periodismo como la democracia necesitan desesperadamente nuevos modelos económicos para apoyar y hacer públicos informes de investigación, así como un lugar para explorar e incubar nuevas plataformas y enfoques de esta técnica profesional.

Y ahora en Peruggia

El periodista del Corriere de la Sera y director de Mediablog , Marco Pratellesi, comentaba recientemente en un post el inicio del Festival Internacional de Periodismo que estos días se celebra en Peruggia. Interesante su reflexión: “hay confusión en el mundo del periodismo, pero también una gran voluntad de entender, de mejorar, de experimentar, de encontrar nuevos lenguajes para dialogar con los lectores que, nunca como hoy, quieren hacer escuchar su voz en el proceso de la información”.
Es lo admirable del periodismo: la vitalidad que, en medio de la crisis, le lleva a investigar nuevas vías, en un enérgico análisis realista del cambiante hábitat en el que se desenvuelve y de las oportunidades que este nuevo escenario presenta. Son signos de juventud de una profesión centenaria.

CSMonitor y otras mudanzas

A estas horas estarán vendiéndose los últimos ejemplares en papel del mítico Christian Science Monitor. Interesante su despedida. No es el primero en cruzar el Rubicón hacia puertos digitales, pues hace unos días lo hizo el Seattle Post Intelligencer. Las reducciones de plantilla de multiplican a un lado y otro en los cotidianos en todo el mundo. Hace unos años Rupert Murdoch afirmaba: "no miréis los periódicos como periódicos, miradlos como una compañía periodística".
El final de un diario impreso no es el final del periodismo. Ni siquiera el final de una compañía periodística. La marca pervive. Atesora un prestigio forjado en años de buen hacer. Y con tan valioso estandarte se adentra en las tempestuosas aguas de los medios digitales. "Si tienes autoridad y el lector confía en tí -continuaba el magnate australiano-, si sabes hacer interesantes las noticias, sobrevivirás". Sí, también en medio de la superpoblación informativa del mundo on-line, el periodismo conserva su especial distinción. A veces tendrá que conquistar la autoridad. Pero en casos como el de esta cabecera, la autoridad la lleva consigo. Se trata de un nuevo escenario, con nuevas herramientas y nuevas oportunidades. Así que de catastrofismos, nada.

Redes cualificadas

En su libro “Mentiras” (Barcelona 2005, Destino), Xavier Mas de Xaxas, sostiene que los medios “podrán ser mejores motores del progreso y la justicia si sacan provecho del conocimiento de los ciudadanos que no son periodistas pero que saben más que los periodistas”. Cuando Internet, en sus primeros pasos, hizo su entrada en la escena universitaria, facilitó la creación de unas redes de conocimiento que, desde entonces, no han hecho sino enriquecerse. El auge de las redes sociales y el reclamo que éstas suponen para el periodista, conducen a una pregunta en forma de desafío: ¿están los periodistas especializados inmersos ya en esas redes sociales cualificadas? De no ser así, conviene por tres razones: el beneficio del periodismo, que discurriría más cercano a las vanguardias de la verdad; el del mundo académico, que ganaría posiciones en la denostada conexión comunicativa con la sociedad; y el bien del ciudadano que se aproximaría al ideal del conocimiento equivalente y necesario para ser soberano de sus decisiones y convicciones en el escenario de la opinión pública.

Lo que el público pide... y más

Estoy releyendo estos días el Informe sobre el Estado de los Medios 2008 y me entretengo esta vez ante una de sus conclusiones. Según los analistas del Pew Center, la gente quiere acceso sencillo a las noticias específicas que demanda. El público reclama una continua actualización, y también quiere estar en condiciones de utilizar esa información en una comunidad amplia. Quiere que los medios informativos le permitan tener de qué hablar, debatir, responder a preguntas, e incluso que le ayuden a conocer personas que piensen de modo similar o que defienda posturas distintas para pensarlas y ensayar argumentos en contra.

Se levanta como hipótesis evidente la valencia de los medios digitales para la atención de estas demandas del público. Pero es importante que, en ellos, la atención de la inmediatez reclamada por la audiencia no vaya en detrimento de la segunda solicitud: el enriquecimiento del debate público, la dotación de argumentos brillantes, sofisticados y, sobre todo, provocadores.