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Sello de autenticidad en la marea digital

En medio del flujo incesante de información que circula por las redes, el valor añadido del periodismo ha de ser la exigente disciplina de verificación. Lo audiovisual -con su fuerza de atracción y su poderoso impacto- puede provocar bandazos significativos hacia la desinformación: una imagen nos puede hacer creer que el decorado azul es rojo. Son muy valiosos en este sentido los esfuerzos del periodismo por verificar los contenidos audiovisuales que circulan por la red antes de presentarlos en un medio tradicional como válidos. No hay que olvidar que la marca pone el sello de autenticidad, garantiza institucionalmente el contenido publicado. La BBC aportó ya hace unos meses una sencilla y clara lista de consejos para determinar la veracidad de vídeos y fotografías. En primer lugar animaba a hablar con la fuente original del material, pues esto va a hacer que el periodista forme rápidamente un sentimiento instintivo acerca de si la persona está diciendo o no la verdad. La BBC reconoce que, en ocasiones, puede que no sea posible o incluso que no resulte conveniente hablar con un activista cuya vida estará en peligro si le identifican. Pero guardar las cautelas necesarias no debe convertirse en una renuncia inmediata a este principio. Los consejos de la BBC son prudentes pero alientan a aprovechar unas fuentes que, muchas veces, acercan la realidad lejana y escondida al periodista: aconseja la BBC que si el material parece demasiado bueno para ser verdad, conviene ser escéptico, pero manteniendo la mente abierta. Otro consejo valioso: utilizar a expertos locales, cuyo conocimiento de las ciudades puede ser determinante para asesorar si las imágenes y videos muestran el lugar pretendido. La tecnología también puede ayudar: herramientas universales como Google Earth (para confirmar que las características de la supuesta ubicación que la foto) y TinEye enormemente útiles en este punto. En definitiva, lo de siempre en tiempos distintos: esfuerzos prácticos para reconquistar la credibilidad.

Elogio de la duda

Así titula Antoni Puigverd un interesante artículo en La Vanguardia. Según él, en el universo masificado de los blogs se tiende con gran facilidad al comentario taxativo, radical e irrefutable. Este sensacionalismo es la manera de distinguirse. Y las webs informativas corren riesgo de contagio con semejante práctica. Por eso, Puigverd recomienda el sano ejercicio de la duda en el periodismo: "Desconcierta y fatiga, sí, pero fomenta la prudencia y cultiva el respeto".
Pienso que un buen protocolo al respecto es el método de verificación utilizado en su día por Sandra Rowe, directora del Oregonian de Portland, que consistía en interrogar a los textos ya elaborados con preguntas al estilo de “¿Cómo hemos sabido esto?¿Por qué debería el lector creer eso otro?¿Qué suposiciones oculta esta frase?”. En definitiva, esta técnica de verificación realizada conjuntamente por editores y redactores, pretende “crear un ambiente en el que se pueda cuestionar un artículo sin cuestionar la integridad del reportero”.
No cabe duda que sobre esta base se edifica la confianza de los lectores. Y resulta afortunada la frase de Vaclav Havel traída a colación por Puigverd y aplicada a la actitud del periodista: "Cada día tengo más miedo de dejar de ser alguien en quien se pueda confiar".

Una y no más

Esta mañana he leído en El Mundo los dolorosos últimos datos sobre las consecuencias que, el monumental gaffe conjunto de policías, médicos y periodistas, está teniendo en la persona y la familia de Diego P.V. ¿En qué ha fallado el Periodismo? Caso complejo, porque las fuentes médicas en este caso parecían solventes.
En un listado de preguntas que hace ya años elaboró David Yarnold, entonces director ejecutivo del San José Mercury News, y que algunos de sus editores pegaron sobre sus ordenadores, para asegurar la disciplina de verificación periodística, se incluía una premisa que me parece que en este caso no se ha valorado suficientemente: ¿se ha identificado a todos los protagonistas de la historia? ¿Nos hemos puesto en contacto con ellos? ¿Se les ha dado a todos la oportunidad de hablar?. Puede que me equivoque, pero este paso hubiese quizá evitado condenas mediáticas precipitadas e introducido a los periodistas en una saludable filosofía de la sospecha alentadora de más incisivas verificaciones.
Ahora hay que pedir disculpas, con todos los medios, para aliviar el daño causado. Pero sobre todo aprender de tan lastimosa lección. Ya en 1997, Dorothy Nelkin, profesora de la neoyorquina Universidad de Cornell hablaba del indebido "prejuicio de admiración" de la prensa hacia la ciencia. A la ciencia, decía, se le mira como algo divino y al científico -el médico en este caso- como una autoridad per se. Pues a veces, como se ve, no lo son, y al periodista toca verificarlo.

Una muestra del valor añadido periodístico

Hace unos días leí una noticia sobre la que vengo pensando estos días. La mañana del pasado 16 de noviembre, un servicio inspirado en twitter de la agencia pública de noticias belga difundía el siguiente mensaje: "La reina Fabiola acaba de fallecer. Ha muerto al saber del divorcio de los príncipes Laurent y Claire". Periodismo ciudadano dixit, sin los necesarios cortafuegos, pues llegaba precedida del distintivo Belga/ Ihavenews. be.
Pero lo más interesante viene después: no consta que ningún medio picara y la difundiera como cierta.
Si el periodismo trabaja con esta disciplina de verificación ante las muchas veces beneficiosa participación ciudadana, entonces vamos bien. Estará respondiendo eficazmente a la que John Lawton llamó "gran paradoja de la era de la información", su capacidad de conceder una nueva respetabilidad a la opinión desinformada.