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Indagar la brecha ética

Acabo de releer un interesante artículo del siempre sugerente Wolfang Donsbach. La traducción al castellano se titula “La brecha ética: por qué los alemanes desestiman a los periodistas y no confían en ellos”. Si bien es cierto que habla de un caso nacional particular, el análisis de las causas del desprestigio de la profesión periodística es aplicable al contexto internacional. En primer lugar, sostiene que una de las causas es la inflación de medios propiciada por las facilidades de la tecnología digital: la consiguiente inflación de periodistas hace que éstos dejen de ser una clase distinta y socialmente reconocida por sus audiencias. Por otro lado, alude a la repetición de escándalos mediáticos –plagios, empleo de escuchas y otras técnicas abusivas para la obtención de exclusivas, etc.-, que afectan a la valoración social del periodismo. El peso cada vez mayor de los factores económicos en las decisiones editoriales, la acumulación de noticias negativas en los espacios informativos periodísticos, y la convivencia indistinguible, en el escenario digital, entre información generada por profesionales y la compuesta por practicantes espontáneos del derecho a la información, son otras de las causas que provocan el desprestigio de los periodistas. Acertar con el diagnóstico de las causas es el principio adecuado para dar con el tratamiento conveniente. Y aquí Donsbach y su equipo, lejos de improvisar, fundamentan el diagnóstico en una sólida investigación. Atacando esos focos de desprestigio quizá se pueda restaurar el valioso activo de la credibilidad periodística

Un escenario creativo

En el informe sobre la prensa americana que publicaba en su último número de 2009 Columbia Journalism Review, se anunciaba un futuro orientado hacia la información local y a la especialización. El camino que marcan es interesante. “Cuando los periódicos reducen drásticamente su personal para reducir costos y sobrevivir, puede menoscabarse también el valor de las informaciones para sus lectores y para las comunidades a las que sirven”. Luego constatan que “con la crisis se degüella a miles de periodistas capacitados, que quedan disponibles para iniciar nuevos tipos de organizaciones locales”. Esto prepara, siempre para CJR, un escenario esencialmente creativo de grupos valiosos pero más reducidos que tratarán de hacer “muchas cosas a la vez: publicar en forma impresa y digital, buscar nuevas formas de atraer al público y a los anunciantes, inventar nuevos productos y fuentes de ingresos, y encontrar socios para ayudarles a producir noticias de alta calidad a menor costo”.
Semejante diagnóstico es todo un desafío para las universidades de Periodismo, sobre todo para las que próximamente afrontan la nueva era de Bolonia. Reclama una formación más interdisciplinar, la promoción de actitudes esencialmente emprendedoras y una profundización enérgica en el carácter de servicio al ciudadano –interés público que no interés del público- que es esencial al Periodismo.

Universidad, ciencia y periodismo... enredados

Acabo de leer en un diario especializado que la Universidad de Yale está poniendo en marcha un proyecto para mejorar la cobertura de noticias científicas. Bienvenido sea. Según parece, esta institución ha creado el sitio Yale Environment 360 (que tiene ya su edición en castellano)en el que los periodistas y los investigadores comparten conocimientos y abren interrogantes en temas que exigen una notable especialización, como el cambio climático. También la Universidad de Princeton ha creado un sitio centrado en material de vídeo.
Las iniciativas de las prestigiosas universidades norteamericanas muestran una vez más que el periodista debe incrementar sus fuentes ya no tanto en los despachos de expertos o en los pasillos oficiales. Existen unos nuevos caladeros en las redes sociales cualificadas. Para el periodismo, la convergencia con el mundo on-line no es solo cuestión de mobiliario. Supone también adentrarse en los foros universitarios, en las conversaciones y contactos digitales de estas redes de conocimiento, que se autoenriquecen con el intercambio mutuo de los académicos, y se erigen, por tanto, en valiosa fuente para mutuo beneficio de la cultura periodística y la científica.

Bailar con la crisis

La cara amable de las crisis es que azuzan la creatividad. El grupo Time se ha puesto a bailar con la recesión publicitaria poniendo en marcha la revista Mine. La filosofía es simple: una publicación hecha a la medida del lector con contenidos muy distintos extraídos de las prestigiosas publicaciones del grupo. Los artículos que la componen están seleccionados por el editor a instancias de los intereses manifestados por el suscriptor en un test previo. El resultado, una cebecera que llega a ser personalizada en la que se pueden encontrar los perfiles de los personajes públicos más importantes redactados por los periodistas de Time, las imágenes más espectaculares contenidas en el Sport Illustrated o en Golf, las fantásticas críticas culinarias de Food & Wine, los consejos de moda y belleza de Real Simple e In Style o los incomparables viajes de Travel & Leisure.
Para la publicidad, el producto es toda una joya, pues los test de intereses segmentan con enorme precisión el target publicitario. Además, por lo general, estamos hablando de potenciales consumidores de gama alta. De hecho, es la marca Lexus la que ha animado a la editora a poner en marcha este proyecto.
De momento, está en periodo de ensayo, con un complejo sistema de suscripciones. A primera vista, en lo económico, promete. Habrá que ver si es capaz de mantener el necesario espacio de autonomía e independencia informativa frente a las marcas anunciantes. El compromiso con los ciudadanos es más que simple rentabilidad a corto plazo: es un pacto tácito con el lector, oyente o espectador que le dice que las críticas culinarias, por ejemplo, son sinceras, que las reseñas de viajes no se dejan influenciar por los anunciantes, que las noticias no responden a intereses particulares ni son sesgadas. No obstante, el ingenio merece atención.

Convergencia y círculos de confianza

Si todo el mundo, con la llegada de Internet, se convierte en potencial generador y difusor de noticias, estas se multiplican. El ecosistema informativo pasa de la sobreabundancia a la asfixia, porque resulta difícil distinguir el saludable oxígeno de los aires viciados. El toque de distinción de la información adjetivada como periodística –basada en la disciplina de verificación, en la desinteresada búsqueda de la verdad y en una feroz independencia- puede sanear algunos hábitats al conseguir crear a su alrededor comunidades de confianza con sus lectores. Esta fidelización conduce a una rentabilidad basada en la calidad, que la acertada gestión de una audiencia participativa en el interno de esos círculos de confianza no hará sino fortalecer.

En la convergencia de redacciones –digital e impresa- las cabeceras con historia se asocian a contenido fiable y a disciplinas periodísticas consolidadas. Ya estaría dado pues el primer paso para la creación de círculos de confianza. Se crea así la marca informativa que añade al prestigio el factor multiplicador de la edición on-line. En este sentido, resulta interesante seguir la evolución del Daily Telegraph, uno de los mitos de la tinta impresa que, ya desde hace meses, camina en firme en los senderos de la integración.

Lo que el público pide... y más

Estoy releyendo estos días el Informe sobre el Estado de los Medios 2008 y me entretengo esta vez ante una de sus conclusiones. Según los analistas del Pew Center, la gente quiere acceso sencillo a las noticias específicas que demanda. El público reclama una continua actualización, y también quiere estar en condiciones de utilizar esa información en una comunidad amplia. Quiere que los medios informativos le permitan tener de qué hablar, debatir, responder a preguntas, e incluso que le ayuden a conocer personas que piensen de modo similar o que defienda posturas distintas para pensarlas y ensayar argumentos en contra.

Se levanta como hipótesis evidente la valencia de los medios digitales para la atención de estas demandas del público. Pero es importante que, en ellos, la atención de la inmediatez reclamada por la audiencia no vaya en detrimento de la segunda solicitud: el enriquecimiento del debate público, la dotación de argumentos brillantes, sofisticados y, sobre todo, provocadores.

Fridability

Hay un concepto de la revista The Economist que, he de reconocer, me encanta. En su día lo llamaron con la composición inglesa “Fridability”. Alude a la grandeza, las posibilidades, que da ese día mágico –el viernes-, prólogo del fin de semana. No es solo el augurio de un merecido tiempo de descanso. Es como un lienzo blanco que se abre a la creatividad del artista. The Economist lanzó una propuesta al fin de semana de los ciudadanos. Más que una propuesta, era un desafío: llenar parte de ese sereno tiempo muerto con la lectura de artículos de fondo sobre la actualidad, con reflexión sobre lo ocurrido en la semana. Anunciar tendencias, estimular la discusión. El público respondió al envite y responde todavía hoy, en medio de la crisis de todos los demás. Es así como el periodismo sirve de veras al ciudadano cuando, creativo, enriquece intelectualmente al individuo y, por ende, a la opinión pública. Digno de imitación, sin duda. Y entonces la pregunta de quien se atreva al reto: ¿qué nos falta para lograrlo? Porque funcionar, funciona.

Quotidie agora

Hace unos días tuve la suerte de volver a ver la película de James Ivory, "Lo que queda del día", basada en la igualmente genial novela homónima de Kazuo Ishiguro. En un momento de esa película, Mr. Stevens, el eficaz y experimentado mayordomo de Lord Darlington, pasa la plancha a un ejemplar del periódico. Así dispuesto, liso y perfectamente doblado, el diario estilo sábana es entregado púlcramente por el mayordomo al noble inglés.

Pensaba que es esto lo que le pasa al periodismo de nuestros días. Cientos de nosotros, académicos y profesionales, nos empeñamos en acicalarlo, preparándolo a conciencia para servir amablemente a los ciudadanos.

Cierto que, ante la crisis que afronta el periodismo en los últimos años no han faltado las respuestas basadas en el márketing y las promociones. Sin embargo no son tantos quienes se atreven con alternativas más elegantes fundadas en un renovado profesionalismo periodístico. Merece la pena espigar entre las aportaciones de quienes se aventuran por estos vericuetos más estrechos pero inspiradores de renovaciones más sólidas. Quienes así se comportan retornan los valores clásicos del periodismo –verdad, objetividad, independencia y lealtad al ciudadano- los cuales deben ser, más ahora que en tiempos de bonanza, asideros firmes.

Adentrarse en este camino exige contemplar la posibilidad de que las nuevas circunstancias -implantación digital, reconversión publicitaria, relación distinta con las audiencias- no sean sísmicas convulsiones demoledoras de los cimientos periodísticos, sino oportunidades reales y enriquecedoras para un desarrollo más profundo de los mencionados valores clásicos.

En la hora de las redes digitales y de la convergencia redaccional, también el periodismo debe volver su mirada a los clásicos.

Las nuevas tecnologías digitales han creado un nuevo ágora cotidiano, y es allí donde el periodismo puede y debe ejercer su indispensable y profesional aportación al debate público. Como en su día dijo Harold Lasswell, todo un clásico, “nada tiene de fantástico imaginar que los periodistas se situarán en cabeza para aportar un elevado grado de equivalencia en la sociedad entre la imagen del profano sobre las relaciones importantes, y la imagen del experto y del dirigente”. Ocurrió en la galaxia gutemberg y ocurrirá la arena de los medios digitales.