En estos últimos días, en el ámbito de la prensa escrita internacional merecen atención al menos dos fulgores. La gente está atenta a los periódicos británicos por las corruptelas de funcionarios públicos que está destapando Daily Telegraph. Y en España también hay quienes han vuelto a los quioscos para leer los nuevos episodios desvelados por El Mundo acerca de las complejas incógnitas que rodean a los explosivos empleados en los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004.
Digo que son fulgores porque los datos parecen mostrar un progresivo alejamiento de los diarios impresos de quienes buscan información. Y por que la respuesta de dichos diarios suele orientarse hacia la venta de productos embutidos al periódico (CD’s y DVD’s). Pero estos casos son representativos de lo que interesa a la gente dispuesta a seguir los diarios. Como dice Eric Pfanner en un interesante artículo de International Herald Tribune, “uno de los aspectos más interesantes de este escándalo –se refiere al británico- es que las exclusivas a la antigua usanza pueden todavía hacer vender diarios”. Pero, sobre todo, diría yo, sin despreciar a Pfanner, pueden seguir ejerciendo un poder de vigilancia, un saludable y necesario cuarto poder.
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