Vuelvo a pensar hoy sobre las anotaciones que Pedro J. Ramírez hacía en una de sus recientes “Cartas del director”. Discurría al hilo de las intervenciones que, en el senado norteamericano, tratan de aportar luz a la crisis del periodismo. Y en concreto, argumentaba en torno a unas palabras de Marissa Mayer, directiva de Google Corporation, que afirmaba no dudar de la pronta llegada del día en que la “unidad atómica de consumo informativo deje de ser el periódico”.
El director de El Mundo, concluía que, de ser así, “las posibilidades de acceder a los papeles del Pentágono, de descubrir el GAL o el Watergate o de investigar el 11-M habrán disminuido dramáticamente”. Esgrime, sobre todo, una doble razón: la necesidad del trabajo en equipo y la conveniencia del paraguas institucional de la empresa para llevar adelante, paso a paso, semejantes proezas periodísticas.
Arianna Huffington rebatía hace poco, con los hechos y los dichos, la opinión de Pedro J., al crear el HufFund y sostener ante el senado que el futuro financiero del periodismo está, entre otras muchas cosas, en la extensión de los fondos para el periodismo de investigación aportados por fundaciones sin ánimo de lucro.
Por un lado, el periodista autónomo así concebido por la Huffington ganaría presúntamente en independencia con respecto a una empresa y su presumible cariz ideológico. Esto podría facilitar que la investigación se moviera en las límpidas aguas de los criterios profesionales.
Pero también es cierto que la cobertura institucional de una marca de prestigio ampara, sostiene y agiliza el acceso a fuentes cualificadas; diversifica el ingente trabajo de las grandes acometidas (véanse la antes mencionadas); y multiplica las perspectivas y las siempre necesarias preguntas críticas que dinamizan toda investigación.
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