Acabo de leer un interesante perfil del diario "The New York Times" que este fin de semana publicaban varios periódicos. La autora, Mercedes Gallego. Llaman la atención dos o tres cosas. La primera, unas palabras de su director adjunto, Richard L. Berke: “un reportero nuestro puede pasar un mes o un año trabajando en un tema”. Increíble y revolucionario trasunto en la era del doble click. Lo segundo, el comentario de la periodista que, al oírlo, reconoce que “a esta corresponsal le rechinan los dientes de pura envidia”. ¿Y a los lectores? Quizá también ansíen informaciones así elaboradas, sopesadas, verificadas.
Otra perla del reportaje: el diario cuenta con nada menos que 26 corresponsalías en el extranjero y, según comenta la autora, “sus titulares pueden contentarse con publicar una vez al mes”. Lógica consecuencia de lo anterior. Competitividad interna que, pudiendo ser origen de desvaríos éticos estilo Jayson Blair, también puede generar cualificación profesional y completas visiones del mundo.
Y permítaseme un tercer subrayado para hablar de la “Sala de invenciones”, en la última planta del edificio del periódico. Su habitante, el típico chaval bohemio con gafas de concha, que –como dice la Gallego- “juega con aparatos electrónicos, tratando de adelantarse al futuro”. Su misión se completa con educar a sus compañeros y jefes en la próxima generación digital. Es la atenta y especializada mirada adelante. Necesaria atalaya no menos relevante que las plantas inferiores, basilares cimientos de un periodismo cambiante.
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